Analizando con la razón pero, sobre todo, con el corazón, te das cuenta que lo sentido y vivido es infinitamente mayor a cualquier intento de poner en palabras, porque es difícil explicar cómo ha sido mucho mayor lo aprendido que lo enseñado y lo recibido que lo dado.

La maleta de vuelta, la traemos más vacía de ropa y cosas materiales que hemos dejado allá junto con miedos, inseguridades, vergüenzas y una parte de nosotros; pero la traemos cargada de cartas y regalos de agradecimientos de los niños y sonrisas, abrazos y momentos compartidos -¡ah, y de dulce de leche!- que hacen que este pequeño barrio olvidado y perdido nos vaya a acompañar durante el resto de nuestras vidas.

Ha sido y siempre será nuestro hogar, un pequeño rincón ubicado en el corazón de la Argentina y de Bolivia, gracias al cariño recibido de personas maravillosas que hicieron posible de esta estancia algo extraordinario.

Si durante las primeras semanas, nuestros sentimientos habían sido intensos, en los últimos días cada instante era un volcán de emociones y de pensamientos en los que millones de momentos y sonrisas te venían a la cabeza y al corazón, y sin que pudieras impedirlo te encontrabas con la piel de gallina, los pelos de punta y los ojos vidriosos. ¡Gracias y gracias!